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En nuestras vidas hemos visto muchos cambios. No hablamos solamente del progreso científico sino especialmente de la evolución de actitudes y de las normas de la sociedad. La Iglesia fundada por Cristo siempre debe abrirse a los signos de los tiempos, es decir, a los movimientos y los desafíos de cada época. Cristo prometió enviarle al Espíritu Santo a la Iglesia para guiarnos e iluminarnos. Es una promesa que no falta.
Hay mucho interés hoy en el papel de la mujer en el ministerio de la Iglesia Católica. Hace cincuenta años esta cuestión no habría llamado mucha atención, pero hoy en día sabemos que las mujeres tienen una parte esencial en el ministerio. Las preguntas que encontramos hoy se refieren especialmente al desarrollo de su papel en el futuro.
El libro de Génesis presenta a los hombres y mujeres como iguales y con la misma dignidad. “Creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó.” Génesis 1:27. Y Dios los bendijo y compartió con ellos la responsabilidad de cuidar la creación y todo lo que contiene.
Sabemos que en las sociedades patriarcales (dominadas por hombres fuertes, como Abraham y Jacob), que correspondían a los tiempos bíblicos, la imagen de la mujer era inferior a la de los hombres. La mujer estaba considerada en la ley como una propiedad de su padre o de su marido y tenía pocos derechos sociales. Desgraciadamente la situación hoy día en unas culturas no ha mejorado mucho, como vemos en las culturas que no permiten los mismos derechos a las mujeres. A veces no se deje que las mujeres aprovechen las mismas oportunidades de educación y de trabajo.
En su ministerio Cristo sembraba las semillas de muchos cambios. En aquel entonces las sociedades no han podido realizar completamente los frutos de estas semillas, pero las ideas seguían creciendo en la Iglesia por la presencia del Espíritu.
En contrasto a las actitudes de su tiempo, Cristo manifestaba mucho respeto para las mujeres. Posiblemente esto no nos parece de gran impacto, pero Cristo mostró un reconocimiento de la dignidad de la mujer que lo separó de las actitudes de muchos de sus contemporáneos.
Por ejemplo, Jesús habló en público con la mujer al pozo (Juan 4:27) y trató con respeto a la mujer adúltera (Juan 8). Demostraba muchas veces su amistad para mujeres como María y Marta, visitando su casa y pidiendo su compañía para hablar con ellas. Invitó a las mujeres que lo acompañaran en su ministerio junto con los apóstoles. San Lucas menciona que Cristo las había curado de sus enfermedades (significado en aquel tiempo por “espíritus inmundos”), y el evangelio recuerda sus nombres. (Lucas 8:1-3). Las mujeres estaban presentes a la cruz y fueron temprano al sepulcro el domingo de la resurrección. Y primera persona que experimentó la presencia de Cristo Resucitado fue María Magdalena. (Juan 20:11-18). Y sobre todo, el Nuevo Testamento nos habla del papel de la Virgen María en la venida del Hijo de Dios en el mundo por su fe y su parte en la misión de su Hijo.
Estas semillas seguían creciendo en la iglesia primitiva. María estaba con los demás discípulos cuando el Espíritu Santo llenó sus corazones en el día de Pentecostés. Muchas mujeres compartían el ministerio de San Pablo. Y el mismo San Pablo declaró que todos nosotros somos iguales por el bautismo. (“Ya no se distinguen judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos ustedes son uno con Cristo Jesús.” Gálatas 3:28).
Estas semillas han seguido creciendo en la iglesia y en el mundo hasta nuestros tiempos. En los años después del Concilio Vaticano Segundo, vemos que la Iglesia ha reconocido el ministerio de todos sus miembros in la luz de ser bautizados. En el pasado, se reconocía más fácilmente el ministerio de los sacerdotes y de las congregaciones religiosas. Hoy en día hombres y mujeres comparten los ministerios en la parroquia y en la diócesis. Los prejuicios y resistencia del pasado se han diminuido por reconocer la habilidad indiscutible y el compromiso de los que ahora hacen parte del ministerio de la Iglesia. Y poco a poco las mujeres cumplen su propia parte, igual con los hombres, en la vida ministerial. Las semillas sembrado por Cristo producen su fruto.
Padre David Foxen, MSC
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